La entrevista original fue publicada en la revista Tarapacá Insitu el 13 de julio de 2024 y fue redactada por la periodista Valentina Camilla Araya. Su republicación en este sitio tiene propósitos de archivo y sistematización.
La artista visual de orígen aymara trabaja en explorar las inquietudes materiales y los vínculos afectivos del desierto y la costa de Tarapacá junto a su transfrontera. Su último trabajo “AJAYU” fue presentado en Klima Biennale Weinn desde Austria, un evento que congregó a artistas de diversos orígenes del mundo a dialogar sobre las formas de las artes en un planeta afectado por las consecuencias de la globalización.
“Texturas”; “color”; “encuentros”; “tribu”; “observación”; “territorio”; “memorias”; “sensibilidad”: son algunas de las palabras más frecuentes que se leen en los textos que describen, relatan o dan cuenta del trabajo de Natalia Montoya Lecaros (1994), quien lo plantea como una “búsqueda centrada en reflexionar sobre las particularidades de la cosmovisión, rescatando y recuperando relatos del mundo ancestral desde diversas fuentes”.
Nacida en Iquique, peregrina de la fiesta de La Tirana. Formada como Magíster, Licenciada y Pedagoga en Artes Visuales por la Pontificia Universidad Católica de Chile, ha construido una serie de instalaciones, pinturas y performances que recopilan sus conclusiones, inquietudes e interpretaciones del mundo, la sensibilidad y la complejidad de las herencias culturales locales que han atravesado el tiempo, las demarcaciones y los borrados de la historia.
“En mi familia no se habló del ser indígena hasta mis 20 años (…) es un trabajo de auto-reconstrucción, auto-memoria, incluso hasta de auto-ficción, pero no de ficcionar una identidad, sino de cómo a partir de los pedazos que encuentro en mi biografía voy construyendo para mi misma una idea de lo que considero es mi orígen”, contextualiza.
A través de estos procesos, su búsqueda y perseverancia, ha participado de diversas instancias, becas, exposiciones y convocatorias a artistas jóvenes tanto en el norte y centro de Chile, Ecuador y Austria.
La última de ellas fue mediante la obra “AJAYU” la cual está inspirada en los panes dulces del día de las almas y cómo estos representan la energía de los espíritus más allá de la vida y la muerte, lo vivo y lo inerte.
La instalación se exhibió en el contexto de “Klima Biennale Weinn” bienal de arte contemporáneo ubicada en la ciudad de Viena – Austria, que convocó a artistas provenientes de 12 países distintos a reflexionar sobre la crisis climática y la forma en que el arte y la naturaleza están relacionados para enfrentar las problemáticas globales.
Las encargadas de la selección de artistas fueron las curadoras Filipa Ramos y Lucia Pietroiusti, quienes conocieron el trabajo de Natalia en 2022 en una de sus visitas a Chile donde vieron la obra “Entregar la Tierra, llamar a los Ancestros”, que se encontraba en una exhibición temporal del Museo Nacional de Bellas Artes.
“Esto es algo que he conversando sobre la forma que tienen los curadores o investigadores de acceder a los nuevos artistas. Prefieren ver de primera fuente en un taller o una exposición, el portafolio suma sobre ese profundizar pero el encuentro material es muy importante. No basta con ver las obras digitales, hay que verlas ya que la dimensión física es lo que muchos curadores priorizan” complementa Natalia.
Respecto a la experiencia, agrega: “Es la primera vez que expongo fuera de Chile y eso significa conocer desde adentro cómo son las lógicas, los pasos, las burocracias de lo que es trabajar en estos eventos tan grandes como lo son las bienales (…) si bien uno está tratando de dilucidar cómo va a ser la exposición nunca es suficiente hasta que las cosas ocurren, estás en el lugar, ves las dimensiones y los materiales”.
La obra AJAYU es la más grande en volumen y proporciones que ha creado, lo cual también marca un precedente para la artista respecto al entender las nuevas formas y dimensiones en las que se encuentra su trabajo en este momento, el cual siempre se abre lugar entre colores, plumas y decorados que traen a la retina los imaginarios visuales andinos originarios y contemporáneos.
Su participación significó un amplio reconocimiento y buena recepción de los habitantes de Iquique que a través de la prensa local y redes sociales se enteraron de la noticia, al respecto, Natalia reflexiona: “Es una amplitud el abrir el proceso para que las personas de otros lugares conozcan lo que hace la gente de Tarapacá. Agradezco mucho que haya circulado y que siga circulando esa noticia. Para mí es una especie de meta personal. Se activó algo que me deja contenta”.
Perspectivas a los orígenes
Irse de la ciudad a Santiago para continuar con estudios universitarios es una realidad de muchas juventudes que habitan la región de Tarapacá con intereses en las humanidades y las artes. Natalia es una de las tantas jóvenes locales que ha hecho ese proceso, el cual ha sido crucial para tener espacios, contextos y distancias para observar en perspectiva los orígenes.
A la fecha, su obra se caracteriza por la búsqueda y puesta en evidencia de la contradicción geográfica del norte chileno, su historia multicultural y la construcción de su identidad e imagen, a través del alto contraste con el resto del territorio.
“En mi caso, al tener esta distancia de Iquique – Santiago y esa lejanía familiar, hizo que las cosas se esclarezcan y uno no siga como borrego ciertos relatos. Me fui dando cuenta que yo tenía un lenguaje que no calzaba dentro de la universidad, eso yo creo que fue el primer detonante. Entender que lo que yo consideraba arte o lo que yo consideraba bello no era parte de las lógicas de lo que en la carrera estaba «bien» . A partir de eso voy tomando talleres, yendo a charlas de folclor y arte, arte popular… y entendiendo que hay formas que la academia nombra estas cosas”.
Un punto clave que rememora la artista es que hace unos años atrás, luego de una clase de cosmovisión quechua, vuelve a tomar distancia para observar y aclararse a sí misma: “lo que yo conozco no es quechua, es aymara” y en la búsqueda de esos relatos y conversaciones va notando que hay una historia que se repite en muchas personas provenientes del norte de Chile: la búsqueda del orígen.
“Si bien en mi casa no me lo dijeron, yo como adulta puedo ser capaz de revisar realmente qué es lo que pasó ahí, cuáles fueron los métodos, cuáles son los registros, cuáles son quizás aún estas manifestaciones de resistencia que insisten en seguir manteniendo aunque sea un vínculo con esa forma que existía antes de los procesos de chilenización y antes de la colonización”.
“Mientras voy estudiando la historia voy entendiendo por qué estos hitos se van repitiendo y aparecen en las biografías y se mantienen hasta el día de hoy. Desde ahí me pregunto ¿qué han significado para los pueblos que aún habitan estos territorios?”.
Preguntas a la tradición
Tras una reciente pasantía por el ciclo “Tramas: Laboratorio transdisciplinario de debates interculturales” convocado por el Museo Chileno de Arte Precolombino, Natalia se encontró con Alexis Mamani y Cecilia Castillo, jóvenes aymaras provenientes de la zona norte con quien pudo intercambiar horizontes comunes sobre la diversidad de vivir lo aymara dialogando sobre la significancia de la identidad en las diásporas; la astronomía, la ancestralidad y los vínculos interespecie, temáticas que cada uno trabaja desde sus contextos.
Desde esa experiencia, puntualiza: “Al estar afuera uno tiene mucho estímulo y se abren muchas preguntas sobre el trabajo (personal). En mi caso al trabajar desde un lenguaje muy local que al mismo tiempo es muy biográfico, uso las lógicas de ciertas tradiciones, las moldeo, las torso un poco, las desconfiguro hasta cierto punto y esas son decisiones que pasan por mi vida”.
“Como mi punto de partida son las tradiciones, hay cosas que parecen inamovibles, algo que no cambia o de lo que hay que tener una delimitación sobre lo qué es tradicional y lo que no. Eso a veces puede generar cierto disgusto -al menos es lo que yo percibo- pero esa discusión me parece interesante”.
Llegar a ese flujo de ideas fue tras una serie de ejercicios, interrogantes y cuestionamientos: “Un tiempo pensaba que quizás debía hacer una especie de artivismo porque creía que eso era lo que necesita el mundo andino, como una “primera línea”… ponerme en ese lugar no me hizo bien. Entendí que mi camino estaba por otro lado, en otro lenguaje, acompañada de otras personas”.
Desde ahí, abrir las posibilidades sobre la interpretación y la unión de puntos comunes, es que se motivó otro entendimiento: “Yo no puedo decir que represento a un arte aymara (…) lo que yo quiero hacer no es llegar a la raíz originaria, no es purificar, ni limpiar, ni de llegar al meollo de la cultura aymara, sino que es rastrear esos caminos que quizás están cortados, reconectar con los conocimientos beneficiosos para las formas de la vida, la medicina y la espiritualidad”, puntualiza.
Parte de esas reflexiones fueron compiladas en el texto “Conocer es personificar: luces sobre la obra “Piel de semilla”” publicado en el catálogo de Tramas, disponible en el sitio web del Museo Chileno de Arte Precolombino.
Proyecciones para el trabajo
Desde el 2019, Natalia se encuentra activa participando de exposiciones, muestras, colaboraciones e instancias de docencia, desde donde pretende seguir investigando motivada por las formas de entender la identidad; los límites; los intercambios; las jerarquías y las formas de evidenciar el cómo percibe su existencia dentro de la cultura aymara.
“Estoy intentando ordenar y tomar seguridad de mi trabajo, dejar la duda de lado. El mundo es grande y hay muchos tipos de artistas, una variedad increíble de personas, públicos y curadores interesados en sus formas de hacer arte. A propósito estoy pensando en cuál es mi lugar dentro de esa variedad de artista de manera responsable”.
Al ser consultada por las herramientas para el proceso y consejos para ello, aclara: “Decidir estar en la búsqueda es un camino inestable. Asumir que es inestable es algo de mucha sinceridad de adentro y con quienes te rodean en esa búsqueda. Algo que puede hacer el camino más llevadero es ser sincero con lo que quieres, con lo que te hace bien”.
Pronto espera estar en Iquique para acercarse desde lo sensible a las visualidades y memorias de colectivas y bailes de La Tirana, y algo ya más personal en torno al jaguar y su significancia en temas no son precisamente territoriales, pero que “están linkeados a un pasado precolonial o de pre-invasión”.
Para conocer más sobre el trabajo de la artista puedes revisar el libro “Mujeres en las Artes Visuales en Chile (2010-2020)” disponible en el portal Chilecultura o visitar su Instagram @nato.montoya.
Si te gustaría conversar sobre las temáticas vinculadas al trabajo realizado por Natalia que se menciona en esta entrevista, puedes escribir al correo nmontoyalecaros@gmail.com .

